El andén

Jamás creeríais lo que me pasó hará unos días. La vida está llena de curiosas historias, y esta es una de las que te dejan algo para el recuerdo y la cual merece ser contada.
Mi aventura empezó un martes como cualquier otro. Suena el despertador. Mis ojos se entreabren y lanzo un gemido de dolor, de sufrimiento, al ver la luz del móvil y al oír la música infernal que augura el tener que levantarme de la cama.
Hago mi rutina antes de dirigirme al trabajo, lo típico: aseo matutino, leche y galletas. Todo un hombre de bien, preparado para el dignificador trabajo. Es en la parada del metro donde empieza mi aventura.
Ya en el andén, miro a las personas de mi alrededor. Suelen estar mas o menos las mismas caras conocidas, las mismas que cada mañana van a sus respectivas obligaciones, ya sean estudios, trabajos o qué se yo. Pero algo era diferente. Algo no encajaba en mi ya conocido andén.
Las personas que iban en mi dirección, en mi metro de siempre, ahora estaban en el otro andén, esperando otro metro para otra dirección.
Mi mente no entendía nada. “No puede ser, debo haber entrado por la otra entrada”. Pero no, había entrado por la de siempre, solo que ahora estas personas se dirigían a otro lugar diferente.
No osé preguntar a nadie, pues no me incumbe para nada porqué una persona cambia de dirección, pues está en todo su derecho, pero me planteé si yo debía hacerlo también.
¿Y si ahora he de ir yo para allí y no para allá? ¿Y si ahora el metro da la vuelta? ¿Y si me estoy equivocando yo, y no ellos?  Muchas preguntas pasaron por mi cabeza, sin hallar respuesta.
No perdía nada uniéndome a ellos, además, tantas personas no podían estar equivocadas. Así que me cambié de andén, sin decir nada, pero nervioso por no saber qué podía pasar.
Ya dentro del metro, busco un sitio en el que apoyarme. Levanto la mirada, y veo como la gente se encuentra nerviosa, algo alterada. La gente mira a su alrededor, buscando algo, una respuesta.
¿Estamos todos igual? ¿Qué es esta extraña fuerza que nos guía? ¿Ahora qué?
Las paradas pasaban y pasaban, pero la gente no bajaba en ninguna. Todos se limitaban a mirar como se abrian las puertas, como entraban nuevas personas, pero ninguno de nosotros bajaba.
Empiezo a estar verdaderamente nervioso. ¿Y si esto es algo paranormal que no sabemos entender? Se me ocurrió que podía estar muriendo, y ésta era la forma de dejar el mundo de los vivos. Como si fuera el mismísimo Caronte, famoso ser de la mitología griega que llevaba en su barca a los difuntos que pagaban.
La última parada se acercaba. “Aquí muero, adiós a mi vida terrenal”. No era yo el único nervioso, las personas empezaban a sudar, algunos incluso se les veía afligidos, tristes.
Llegó la última parada.
Y bajamos. Bajamos todos.
No pasaba nada, todo normal en un andén de metro. Todos nos miramos, como queriendo encontrar la razón de toda esta locura en los ojos de los demás. Hasta que alguien decidió lanzarse, y preguntar:
– ¿Qué ha pasado aquí? ¿Porqué todos los de la misma parada nos hemos cambiado de andén?
Nadie podía dar explicación a ésta pregunta, todo el mundo decía que “él o ella solo seguía a los demás, todos se iban cambiando de andén”.
El misterio termina aquí.
Y no es ningún misterio, es la vida misma. La historia de unos simples borregos.
Alguien se equivocó de andén, y los demás decidieron cambiarse también por si eran ellos los equivocados, sin preguntar antes, con miedo de parecer estúpidos si lo hacían.
Ahora, toca cambiar de andén.
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